Enfilamos o tramo final con sinxeleza, con anacos de memoria que xuntei e vos comparto.
Lembranzas que van quedando lonxe no tempo
Los mayores recuerdan la expectación de un día de fiesta como el de hoy, con sus ojos infantiles viendo pasar desde Zaparín o Fustáns a tantos y tantos entusiasmados vecinos, todos cara O Rabiño. Muchos a pie, algunos en caballería, aprovechando los caminos y atajos de los montes, siguiendo sendas como "a dos arrieiros", que bajaba por la zona de A Buratiña.
A min acórdame, tal día coma hoxe ir po monte á mañán cedo, que ibamos e despois baixabamos pa san Benito ver baixar tal cantidad de xente. Daba gusto velos baixar, recuerda Mª Concepción R. Desde o alto víase a vía do tren, cando pasaba por Filgueira. Moita xente nunca o vira e alá subían cos rapaciños para ensinarllo dende lonxe. Pasaban moitos mercancías e dicían: mira cantos canastriños leva! Cada canastro era un vagón.
A tríada propia do día VII da novena a san Benito do Rabiño
Día 7.° -- CONSIDERACIÓN
DEL CELO
Cualquier dirigencia de parte del hombre, encaminada a ayudar a los prójimos para que consigan la salvación, es lo que suele llamarse celo de las almas, y también celo de la gloria de Dios; porque, de que los hombres se salven, resulta a nuestro Señor un cúmulo de gloria accidental. Por eso, del celo ha dicho San Dionisio: "que es entre las cosas divinas, la más divina de todas". Regocíjate lleno de admiración y da gracias a Dios, oh devoto de San Benito, al ver en tu amadísimo Abogado, brillar la intensa llama del más puro celo por la gloria de Dios y la salvación de las almas. A los tres años de morar Benito desconocido en Sublago, fue descubierto por unos pastores; y aquel adolescente de diecisiete años, de solitario se muda en ardiente apóstol, ganando con su predicación y ejemplo toda la comarca, que por espacio de treinta años no cesará ya de evangelizar. Más tarde la provincia de Campania en parte aún idólatra, se rinde a la eficacia de sus oraciones, de su continua predicación y de la de sus discípulos. El espíritu apostólico que se alberga en Benito se trasmite a su Orden, que sola, por espacio de siglos, ejerce en la Iglesia el celo, y sigue aún ejerciéndolo siempre que las circunstancias lo aconsejan.
Práctica. — No te contentes con admirar el celo de San Benito; porque el celo obliga a todo cristiano, aunque no de la misma manera. El Espíritu Santo dice en las divinas Escrituras: "que el Señor ha dado a cada hombre un precepto acerca de su hermano"; es decir, que ayude a su prójimo en el negocio de la salvación. Vive tú sin pecado, y si no puedes de otro modo, no harás poco pidiendo al Señor por la perseverancia de los justos, por la conversión de los pecadores y por los obreros evangélicos que trabajan en su conversión. ¡Cuánta gloria darás a Dios ejercitando el celo! Además por este medio asegurarás tu propia salvación, con un cúmulo de méritos.
Ejemplo. --- Idólatras convertidos
De la injusta persecución de un malvado se valió Dios para que San Benito trasladase su residencia, de Sublago a Monte Casino, donde se iba a abrir ancho campo a su celo apostólico. Subía el santo Padre la empinada y larga cuesta de Casino, seguido de los monjes que consigo llevaba. Al llegar a la explanada que en la cumbre se extiende, ¿qué es lo que allí contempla? Ve, que después de casi cinco siglos de Cristianismo en el mundo, aún se alza en aquel lugar, un templo al demonio en el ídolo de Apolo. Ve no lelos de él, el altar donde se le ofrecen sacrílegos sacrificios; ve los umbrosos bosques que le estaban dedicados, donde sus estúpidos adoradores se entregaban a la más desenfrenada licencia, en las solemnidades con que pretendían honrarle. Ve finalmente que la multitud de gentes que pueblan aquellos contornos, aún desconocen al verdadero Dios; desconocen a su Redentor Jesucristo, y siguen teniendo por dioses a los demonios, ocultos en los simulacros de infames ídolos. Ante semejante espectáculo, se inflama más y más el celo que siempre arde en el corazón de Benito, por la gloria de Dios y bien de las almas. Ayudado de sus discípulos, y sin temer los iras de hombres y demonios, demuele el templo y reduce a polvo la estatua del ídolo; derriba el altar sacrílego y tala aquellos bosques, testigos mudos de tanta abominación. Después anunciando sin descanso la palabra de Dios a las multitudes que le rodeaban, logra con la gracia del Señor, hacerlos, de esclavos de Satanás siervos de Jesucristo e hijos sumisos de la Iglesia católica. En los sitios profanados hasta entonces por el culto gentílico, levanta templos en honor del verdadero Dios y de sus santos, para adorar en ellos al Señor y acogerse al patrocinio de sus amigos.



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