Pasamos o ecuador da novena a san Benito do Rabiño e inda que non chegaron novos aportes, saco dos que puiden recoller xusto antes da redacción destas liñas. E, mirando cara o futuro, pois xa veremos se hai novas entregas, para o san Benito do verán, ou se paga a pena parar e alegrarse do feito.
Unha lembranza cercana no tempo e o corazón
En Nochebuena de 2024, un terrible accidente de tráfico, a escasos metros de la casa familiar, se lleva por delante a un joven de 24 años y deja a su hermano menor, de 14, en los lindes de la vida. Recibe allí mismo los primeros auxilios. Los médicos, posteriormente, comentarían que se quedó a milímetros del desnucamiento.
Pudieron llevarlo con vida al hospital, para recibir los tratamientos necesarios, y quedó ingresado en la UCI, sin detectar movimientos ni reacciones ante estímulos exteriores. La familia, destrozada por el dolor, pero sustentada por la vida que había en juego, tiene la dura obligación de acompañar a uno y darle la triste despedida al otro.
Precisamente, durante el velatorio del hermano mayor, una vecina de Cortegada, compañera de trabajo y amiga de la madre, se acercó a ella y le entrega, de corazón, una estampa del santo patrón, confiando en la intercesión y en la fama de “milagreiro” del santo abad. Su idea era que llevasen la estampa y la colocaran junto al accidentado.
¡Cuál no sería la sorpresa, cuando a los pocos minutos, es la misma madre que recibió la estampa, la que le da un regalazo a la fiel! Su hijo, de catorce años, ingresado en la UCI y sin reaccionar desde el accidente, acaba de realizar algún movimiento, lo cual era un rayo de esperanza en medio de tal huracán emocional. La escena fue tan sencilla como rápida: la entrega de la estampa y, a los poco segundos, la llamada con la noticia de los primeros indicios de recuperación del hijo.
La tríada propia del día VI de novena a san Benito do Rabiño
Día 6.° - -CONSIDERACIÓN
DE LA ORACIÓNEn el orden sobrenatural, la comunicación con Dios es a nuestro espíritu, lo que al cuerpo el alimento material; puesto que con ella conservamos y aumentamos la vida de la gracia. Esta comunicación ordinaria de nuestras almas con Dios, es lo que llamamos oración. Es cierto que también conservamos y aumentamos la vida sobrenatural por medio de los Sacramentos, y aún por el de la Eucaristía nos unimos estrechamente al Hombre-Dios, Jesús. Pero la conveniente recepción de éstos, supone la oración; y la Iglesia acompaña la administración de los mismos, con inspiradas y bellísimas oraciones. ¿Qué extraño que el Salvador nos diga: "que de algún modo debemos orar siempre"; y que el profeta Jeremías atribuya los pecados que asuelan el mundo a la falta de meditación u oración? Bien penetrado estaba de estas verdades el Santo, objeto de nuestros cultos, pues fue varón de oración y maestro consumado en ella. Porque ¿cuál fue su ocupación en los tres años de absoluta soledad en Sublago, sino la oración? Cuando ya vivía con sus religiosos, no le bastaban las oraciones comunes, mas, seguía orando en particular. Orando en su aposento le sorprendían y derramando abundantes lágrimas; orando le vemos de noche, mientras descansan los demás, dirigiendo los ojos al cielo a donde vuela su corazón; orando, en fin, cierra los ojos a la luz de esta vida en su dichosa muerte.
Práctica. — Y tú que te precias o cuando menos deseas ser devoto de San Benito, ¿cuánto y cómo oras? Acaso pasas días sin levantar el corazón a Dios; o cuando cumples tus obligaciones de cristiano, lo haces por ventura maquinalmente y sin espíritu. ¿De dónde viene el que aún seas tan poco virtuoso sino de tu falta de oración? Si crees que no puedes orar mucho, ora lo que puedas, pero ora bien. Y San Benito te reconocerá por su devoto.
Ejemplo. --- El agua milagrosa
Desde el principio, recibía San Benito niños en sus monasterios para educarlos. Entre otros recibió a Mauro, de doce años, y a Plácido de siete, ambos, nobles patricios romanos; después insignes santos, y columnas fundamentales de la Orden benedictina. Con tan amado Padre y Maestro moraban estos dichosos niños en el mismo monasterio, si bien ya el Santo había fundado hasta doce, en la comarca de Sublago. Tres de ellos estaban situados en la pedregosa cumbre de un monte; y para proveerse de agua en el lago del vecino valle donde residía el venerable Fundador, debían los monjes con mucho trabajo y no sin riesgo de sus vidas, bajar por la escabrosa pendiente que mediaba entre sus altos monasterios y el agua deseada. Reunidas las tres Comunidades, bajaron al monasterio de Benito, y con la humildad y reverencia a tan gran Padre debidas, le representaron el trabajo que tenían para proveerse de agua, y como sería necesario mudar de lugar aquellos tres monasterios. El Santo Padre consoló amorosamente a tan queridos hijos y los despidió. En la noche de aquel mismo día, cuando todo suele estar en quietud y reposo, cuando el silencio solemne y misterioso reinaba en los doce monasterios y sus contornos, cuando los monjes de Benito dormían el tranquilo sueño de los justos, vigilaba el solícito Padre y pensaba en el bien de sus hijos. En las altas horas de la noche, sin más testigo y acompañante que el angelical niño Plácido, el siervo de Dios Benito sale silencioso de su monasterio; y subiendo la empinada cuesta, maestro y discípulo llegan sudorosos a la planicie del monte. El amigo de Dios hinca las rodillas en la dura roca, y allí ora fervorosa y largamente. Concluida la oración deja en el mismo sitio como señal, tres piedras sobrepuestas; dirige amorosa mirada a los tres monasterios bañados entonces con los plateados fulgores de la luna, y tomando al niño Plácido de la mano, con el mismo incógnito, vuelve a su monasterio del valle. Amaneció el día, y los monjes del monte se vieron como antes en la dura necesidad del agua, y otra vez acudieron a Benito con la misma demanda. "Id —les dijo el Santo— y en la peña en que veais tres piedras sobrepuestas, cavad un poco; poderoso es el Señor para hacer que brote el agua en lo alto de vuestro monte". Confiados, alegres y ligeros subieron los monjes la trabajosa cuesta, encontrando la dura peña rezumando ya el apetecido líquido. Cavan en ella, y a! punto la concavidad se llena de cristalina y sabrosísima agua, que juguetona y bulliciosa no parará, hasta perderse en el río que corre en el fondo del valle.


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